¿La competencia fiscal es mala?

La competencia es buena, ¿no?

La competencia en un mercado puede ser buena, pero la “competencia” fiscal –que también se suele llamar “guerra fiscal”- es un monstruo completamente diferente. Y, siempre es dañino.

En los mercados las empresas compiten para ofrecer mejores bienes y servicios con precios más bajos, y esto suele ser beneficioso. La “competencia” fiscal, en cambio, es un proceso donde los países, estados o incluso ciudades ofrecen exenciones impositivas, subsidios y otros instrumentos para incentivar la llegada de inversiones, dinero caliente o capital financiero desde cualquier lado. (Para darse una primera idea de la diferencia entre estos dos procesos, compare una empresa fallida como Toys R Us que no pudo competir con Amazon y un estado fallido como Siria en medio de la guerra civil) 

Cuando una jurisdicción ofrece exenciones fiscales, subsidios y otros mecanismos de seducción a los individuos ricos o las corporaciones multinacionales, otras jurisdicciones siguen el ejemplo incitadas por banqueros, abogados, contadores y cabilderos. Ellos ofrecerán vacíos legales y subsidios todavía más atractivos, y así. 

A nivel global, este proceso degenera en una carrera hacia el abismo. Como resultado, las tasas impositivas para las multinacionales se reducen todavía más permitiéndoles que se comporten como polizones o consumidores parásitos de los servicios públicos (como las rutas que utilizan, los sistemas de educación y salud que preparan y cuidan a sus trabajadores, o las cortes que apuntalan sus contratos). Además, para compensar la pérdida de la recaudación que generan estas prácticas, los segmentos más pobres de la población deben pagar impuestos más altos. También es importante destacar que la carrera hacia el abismo no termina cuando se llega a cero, dado que los recortes de impuestos y las lagunas legales dan paso a subsidios directos para tratar de persuadir a las empresas o ganancias para que se reubiquen allí. Literalmente, no existen límites para el consumo parásito de los servicios financiados por otros que están dispuestas a realizar las multinacionales.

A medida que todo esto sucede, la desigualdad aumenta, y las sociedades y los sistemas democráticos se ven debilitados, a medida que los ciudadanos perciben que existe un conjunto de reglas simple para los ricos y las multinacionales mientras que el todo resto debe guiarse por otro tipo de normas. El proceso subsidia prácticas rentistas improductivas, elimina empleos al priorizar al capital a expensas del trabajo y reduce la productividad y el crecimiento económico. 

Las guerras fiscales muerden a todos los países – pero lastiman con más fuerza a los países en desarrollo.

La “competitividad” fiscal también es mala

Suele afirmarse que contar con un sistema fiscal “competitivo” es una buena idea para los países. Suena fabuloso y es fácil persuadir a la gente de hacerlo. De esa manera pueden llegar a respaldar recortes en el impuesto a las sociedades. Sin embargo, este argumento está basado en un razonamiento falaz.

Una razón es que los impuestos sobre las sociedades (o cualquier impuesto) no son un costo para la economía, sino una transferencia en su interior. Los recortes impositivos para las corporaciones son subsidios para ellas, a expensas de otros mecanismos de generación de riqueza: gasto público en caminos, educación o el sistema judicial, entre otros. Entonces, no es obvio como los recortes de impuestos para las corporaciones hacen que los países sean más competitivos – más allá de lo que pueda querer decir “competitividad”. Esta es un área compleja, sin embargo: para una introducción puede leer nuestro documento  en inglés Cazadores de mitos: "un sistema fiscal competitivo es un buen sistema fiscal".

Lecturas adicionales

  • Más detalles sobre la “competencia” fiscal y la carrera al abismo, cliquea acá.

  • Una exploración de la historia de la ideología de la “competitividad fiscal· vea el capítulo sobre Charles Tiebout, acá, y el blog Fools' Gold, acá.